Se hace camino al andar.

Enero ya se fue. Y cuando un mes así termina, uno siente ese pequeño silencio interior donde se mezclan balance, cansancio y expectativa. No es nostalgia: es conciencia. Enero marca el arranque, pero también revela que el año no espera por nadie. Y en ese mismo espíritu, quiero hablarte del desierto, ese lugar donde Jesús fue enviado y donde nosotros también somos llevados, no para castigarnos, sino para formarnos.

🌵 “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto.” (Lucas 4:1)

Este detalle cambia toda la historia. Jesús no terminó en el desierto por accidente, ni por descuido, ni porque la vida se le torció. Fue llevado por el Espíritu. Eso significa que el desierto no fue un retroceso, sino una etapa necesaria. Y allí fue probado, no para caer, sino para afirmar quién era y qué no iba a negociar. Y si el Hijo amado pasó por ahí, ¿por qué nosotros pensaríamos que nuestro propio desierto es señal de abandono?

Hoy nuestro desierto no es geográfico. No es arena ni sol. Es mental, emocional, espiritual. Es ese tramo de vida donde se apagan los ruidos, se caen las distracciones y quedamos a solas con nuestra verdad. Es ese lugar donde Dios trabaja en silencio, pero nunca en ausencia. En ese desierto interior se revelan motivaciones, se confrontan tentaciones, se ordenan prioridades y se afirman identidades. No es un lugar cómodo, pero sí es un lugar honesto.

Jesús no fue al desierto a “meditar” sin rumbo. Fue a sentar etapas. A definir lo que sostendría su misión. A cerrar puertas internas antes de que se abrieran batallas externas. A ordenar su propósito antes de caminar entre multitudes. A fortalecer su obediencia antes de enfrentar oposición. El desierto fue su taller interior, el cimiento invisible de todo lo que vendría después.

🔥 Y lo mismo pasa con nosotros. Nuestro desierto no solo nos forma a nosotros: forma a quienes nos rodean. Tus decisiones, tus silencios, tus cambios de hábitos, tus renuncias, tus tiempos de maduración… todo eso impacta a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros, a quienes te observan sin decir nada. Dios nunca trabaja solo en vos. Siempre trabaja a través de vos. Así como la espera de David formó a los 400 hombres que se refugiaron con él, tu proceso también está formando a otros, incluso sin que lo notes.

No te voy a decir que el desierto es fácil. No lo fue para Jesús. No lo es para nadie. Pero sí te digo esto con esperanza realista: el desierto no es el final; es el inicio de una etapa más sólida. Jesús salió del desierto “en el poder del Espíritu”. Vos también vas a salir distinto: más claro, más liviano, más firme, más verdadero. El desierto no te detiene. El desierto te define.

🙏 Oración:

“Señor, si este es mi desierto, no me dejes desperdiciarlo. Alineá mi corazón, ordená mis pasos y afirmá mi identidad. Que este tiempo me forme, y que lo que hagas en mí bendiga a quienes caminan cerca de mí. Amén.”

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio