La rebeldía de ser simple

A veces me pregunto

¿De qué material estamos hechos?

Una pregunta sencilla para algunos e incómoda para otros. Porque es mucho más fácil hablar de lo que hacemos, que de lo que somos. Más fácil es mostrar la vasija que examinar el tesoro dentro. Sin embargo, tarde o temprano, la vida nos termina revelando inevitablemente de qué estamos hechos.

Hoy en día corremos el riesgo de buscar excelencia en un hermano y medirlo por lo visible, así sin intencionalidad nos engañamos: le negamos el valor a alguien que quizá, en silencio, haya sembrado más que nosotros. Por eso, hoy, la verdadera rebeldía del cristiano no es llamar la atención, sino permanecer fiel cuando nadie mira. Caminar, animar a otros a buscar la senda angosta.

Hay muchos hermanos y hermanas que viven en el mundo de lo secreto. Nunca vas a saber que existen. Aunque no se esconden, y no tienen miedo, no está en su esencia el llamar la atención o ser el centro del universo, cualquiera este sea.

Estos seres cuasi-invisibles pasan delante de nosotros como una cucaracha pasa por el borde de una pared: sin llamar la atención, sin detenerse ante nuestra mirada, y casi siempre, sin dejar huella en nuestra memoria. Pasan delante nuestro caminando hacia algún lugar, hacia un destino, aun sin importancia para nosotros.

Hoy existe una tendencia que invierte el patrón del Reino asentado por el mismo Jesús. La iglesia no fue diseñada para ser una vitrina de talentos ni una plataforma donde se reproduzcan los criterios de prestigio del mundo.

Es un cuerpo donde aún los miembros que parecen menos importantes son necesarios. La virtud del hombre aparentemente ordinario a los ojos de los hombres no pasa desapercibida para los que viven en el mundo espiritual.

Pablo llega a decir que los más débiles reciben una atención especial de Dios y precisamente no porque sean especiales. Hoy corremos el riesgo de admirar en la iglesia lo mismo que el mundo admira fuera de ella: la posición, la influencia, la capacidad, la imagen o el éxito.

Hay un énfasis desmedido en la alabanza, instrumentos musicales, la iluminación, la puesta en escena. Buscamos que nos miren, dentro y fuera de la iglesia, y que algún visitante salga impresionado.

Hemos comenzado a decorar a la vasija y olvidamos el tesoro. Dejamos de mirar lo que Dios está formando en el corazón para concentrarnos en lo que los hombres pueden aplaudir. Y allí aparece el mismo peligro que Pablo denunció: terminar gloriándonos en la carne en lugar de glorificar a Dios.

Por esta razón prefiero asociar a estos cristianos invisibles, a esos que siguen caminando hacia la luz en silencio a las cucarachas. Hay muchos que van en contra de la presunta corriente real. Estos cristianos silenciosos y débiles en su exterior tienen algo particular en ellos que los hace capaces de ver la verdadera fidelidad. La que no te hará brillar, pero te hará llegar a la meta, que son dos cosas distintas y que en definitiva es lo único que cuenta.

Una simple cucaracha no brilla. No es lo más vistoso de la naturaleza y no sale en las fotos bonitas ni parece digna de admiración. Pero no deja de ser lo que es. Esa imagen, bien entendida, tiene algo que decirnos: hay una fidelidad humilde y persistente que no depende de aplausos, apariencia ni reconocimiento.

En el imaginario popular se repite que, ante una posible guerra atómica, la cucaracha sería de las pocas especies que sobrevivirían. La ciencia matiza esa idea, pero el símbolo sigue siendo poderoso: hay criaturas que, sin brillar y sin ser las más vistosas, resisten condiciones extremas más que los humanos y siguen siendo lo que son.

Trasladado al cristianismo, esto no significa tolerar el pecado, la injusticia o la mentira. El creyente no se conforma a este siglo. Puede adaptarse en lo accidental para seguir sirviendo, pero no cede en lo esencial. Como Pablo, que se hizo todo para todos por causa del evangelio sin abandonar la verdad.

La cucaracha es resistente por instinto; el cristiano se resiste por “La Gracia”. No permanece fiel porque sea más fuerte que otros, sino porque Cristo lo sostiene. Este ser invisible para muchos sigue siendo de Cristo aun cuando nadie lo vea, nadie lo aplauda y nadie lo considere importante.

Muchos cristianos corren el riesgo de salir de su llamado por ir en busca de un brillo exterior: la apariencia de espiritualidad, el lenguaje correcto, la imagen de tener todo bajo control. Nada de eso es malo en sí mismo, pero se vuelve peligroso cuando ocupa el lugar de lo esencial. Dios no mira lo que mira el hombre; Él mira el corazón.

La esencia de la vida cristiana no es impresionar a los demás. Es tener un corazón transformado. Es caminar con una conciencia limpia delante de Dios. Es amar, obedecer y perseverar aun cuando no haya reconocimiento.

Pablo escribió que tenemos este tesoro en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros. Muchos pasan la vida decorando la vasija. Dios se ocupa del tesoro. El mundo mira el barro y evalúa su apariencia; Dios mira el contenido. Podemos tener una imagen impecable y perder de vista lo esencial. Por eso la verdadera pregunta no es cuán hermosa parece la vasija, sino si el tesoro sigue ocupando el centro.

El mundo busca belleza en lo exterior. Admira la forma, la presentación y aquello que pueda exhibirse. También puede ocurrir en la vida religiosa: podemos quedar impresionados por lo visible y olvidar lo invisible.

Pero Jesús siempre dirige nuestra atención a otra parte. Habla de orar en secreto, dar en secreto y servir sin buscar reconocimiento. No porque desprecie lo visible, sino porque sabe que todo fruto verdadero nace primero en lo secreto.

Dios no solo permite el mundo invisible: lo cultiva. Allí, donde nadie aplaude, Él nos forma. Y es allí donde se decide quiénes seremos cuando llegue la hora visible.

El mundo casi nunca ve ese crecimiento mientras ocurre. Solo lo ve cuando una persona ordinaria hace algo extraordinario: tender la mano sin buscar la conveniencia, dar sin esperar retorno, servir cuando nadie lo exige ni lo notará. Ese gesto no nace en el momento. Es el fruto de años de fidelidad escondida.

Por eso Jesús, en Mateo 25, muestra a los justos sorprendidos: “¿Cuándo te vimos?”. No llevaban la cuenta ni actuaban para ser vistos. Su bondad ya era parte de lo que eran.

El cristiano no vive para llamar la atención sobre sí mismo. Vive para que Cristo sea visible a través de una vida sencilla, frágil y obediente. La sal no brilla, pero preserva. La levadura no se ve, pero transforma.

Las raíces permanecen ocultas, pero sostienen al árbol cuando llega la sequía. La obra más importante de Dios en nosotros suele ocurrir lejos de los reflectores, en ese lugar secreto donde Él forma corazones que aprenden a permanecer fieles.

Jesús dijo que nuestra luz debía alumbrar delante de los hombres. Sin embargo, esa luz no existe para nuestro aplauso, sino para la gloria de Dios. El verdadero brillo cristiano no es espectáculo. Es fidelidad que nace en el interior y se hace visible en la manera de vivir.

El creyente está llamado a una resiliencia humilde: no invulnerable, pero perseverante; no espectacular, pero fiel. Su fuerza no está en sí mismo, sino en Aquel que permanece para siempre.

Por eso, cuando lleguen las dificultades, no busques solamente sobrevivir. Busca permanecer fiel. Tu resiliencia no es puro instinto. Es el resultado de la gracia de Dios obrando en tu vida. El mundo puede admirar lo que brilla por fuera, pero Dios sigue buscando corazones que no dejen de ser suyos.

No olvidemos que somos llamados a ser un movimiento invisible y transformador, no conformado a este mundo.

Por eso es necesario pedirle al Señor, que nos ayude a ver que no necesitamos llamar la atención para ser útiles en sus manos. El mundo admira lo que brilla por fuera; Dios busca lo que permanece fiel por dentro. Muchos decoran la vasija; pocos cuidan el tesoro. No necesitas ser espectacular para ser útil en las manos del Señor. Solo necesitas no dejar de ser suyo.

“Lo extraordinario que el mundo ve en un día lo prepara Dios en años de lo secreto.”

 

Scriptural foundation: 2 Corinthians 4:7-9; 1 Samuel 16:7; Philippians 4:11-13; Matthew 5:13-16

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