El Dios que Camina Conmigo ✨

Nos sucede a todos: escuchamos a personas que nombran a Dios en cada necesidad, en cada aflicción, como si estuviera pegado a cada frase. Sin embargo, mi relación con Él siempre fue distinta. No por incredulidad —al contrario, creo que soy más creyente de lo que parezco— sino porque necesito detenerme y pensar qué significa realmente relacionarme con Dios 🤔.

Los antiguos sometían sus planes a la divinidad; algunos con sinceridad, otros intentando torcer la voluntad de Dios. Y entonces me pregunto: ¿cómo se relaciona uno con Dios sin manipularlo, sin usarlo, sin convertirlo en un amuleto? 🕊️

Mi vida espiritual no se sostiene solo en prácticas externas, pero tampoco únicamente en lo que sé de memoria. Se sostiene en esa combinación entre lo que la Palabra me enseña 📖 y lo que me sucede cada día. Con el tiempo entendí que la fe se forma en esa unión: lo aprendido y lo vivido. Dios dejó de ser un concepto repetido en una oración y empezó a sentirse como una presencia que se mueve alrededor mío y también adentro.

A veces lo descubrí en decisiones pequeñas, en silencios que me ordenaban por dentro, en fuerzas que no venían de mí 💛. Otras veces lo entendí mirando hacia atrás, cuando veía que había sido sostenido sin darme cuenta. Un día me crucé con esa frase de Pablo: “En Él nos movemos y somos” (Hechos 17). No la leí como doctrina, sino como quien encuentra escrita su propia vida. Porque eso era lo que me estaba pasando: no avanzaba por mis fuerzas, ni tomaba decisiones brillantes, ni me sostenía en los momentos difíciles. Era Dios moviéndome, y yo, sin saberlo, siendo movido por Él 🌿.

Y cuando uno lo descubre, aunque sea por un instante, ya no puede volver a relacionarse con Él como antes.

También fui entendiendo que dentro de las congregaciones no solo hay personas que buscan a Dios, sino personas que necesitan estar al frente de algo. No por servicio, sino porque ahí encuentran su identidad. Lo vi muchas veces. Y no es nuevo. En 3 Juan 9, el apóstol menciona a Diótrefes, un hombre que necesitaba estar a cargo y que incluso le negó ayuda al mismo Juan. No era un enemigo declarado del evangelio; era alguien que confundió liderazgo con control ⚖️.

Cuando uno ve eso de cerca, entiende por qué Jesús insistió tanto en la humildad. La tentación de elevar a los hombres sigue viva, aunque hoy se presente en detalles pequeños: quién puede hablar, quién puede opinar, quién es escuchado y quién queda al margen. Pero la cruz me enseñó otra cosa: que, aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en esa relación vertical que sostiene el universo, todos los demás estamos en una línea horizontal ✝️.

Sin podios.

Sin castas espirituales.

Solo hermanos delante del mismo Padre.

Con los años descubrí que el orgullo no siempre grita. A veces se esconde en la autosuficiencia, en la necesidad de tener razón, en creer que uno puede manejar su vida sin depender de Dios. Lo vi en otros, pero sobre todo lo vi en mí. Y también descubrí algo de lo que casi no se habla: qué hace un cristiano cuando Dios pone de rodillas a sus enemigos. Ese momento incómodo en el que la justicia llega, pero el corazón no sabe qué hacer con ella ⚔️.

Ahí se revela quiénes somos.

Ahí aparece la pregunta que más me confrontó:

¿Cuál es mi actitud frente a las situaciones de la vida?

Si me alegra el mal ajeno, incluso cuando la intención del otro fue mala, entonces no entendí nada. Jesús, en la cruz, pidió perdón por quienes lo injuriaban. No porque ellos lo merecieran, sino porque Él era así. Su compasión no dependía del comportamiento de los demás, sino de su identidad ❤️.

Y ahí entendí que la humildad no es una postura, sino una forma de mirar, de reaccionar, de vivir. Es reconocer que Dios está en control incluso cuando yo no lo estoy. Es recordar que la gracia que me alcanzó a mí también está disponible para el que me hirió. Y cuando uno empieza a vivir desde ese lugar, algo cambia: no se vuelve más débil, se vuelve más libre 🕊️.

Con el tiempo descubrí que la fe no se mide por cuánto sabemos, sino por cómo respondemos. La obediencia, más que el conocimiento, revela quiénes somos. Y aun así, no siempre lo logramos. Hay días en los que nos soltamos de la mano de Dios sin darnos cuenta. Pero eso no significa que estemos perdidos. Ahí es donde la Trinidad deja de ser un concepto y se vuelve compañía real: el Padre con su soberanía, el Hijo intercediendo por nosotros, y el Espíritu ordenando el alma en silencio 🌬️.

La vida cristiana no es un impulso emocional. Es una decisión. Una decisión consciente de caminar hacia Dios incluso cuando no entendemos nada. Y esa decisión, repetida una y otra vez, va moldeando nuestras actitudes.

Hubo momentos en los que pensé que estaba enfrentando la vida solo. Que mis fuerzas no alcanzaban. Que mis decisiones me habían llevado demasiado lejos. Pero cada vez que llegué a ese punto descubrí algo que no siempre se ve a simple vista: Dios estaba ahí. No como un espectador, sino como un sostén. No como un juez distante, sino como un Padre que guía, corrige y fortalece 🤲.

Con Él, lo imposible se vuelve posible. No porque se vuelva fácil, sino porque ya no lo cargo solo. Y entendí que la fe no es una teoría, sino un camino. Un camino que recién se reconoce cuando uno mira hacia atrás y ve sus propios pasos, cuando descubre que no caminó solo ni un día 🚶‍♂️✨.

Y en esa mirada hacia atrás entendí algo más profundo todavía:

lo que me conectó con Dios no fue un instante espectacular, sino la sucesión silenciosa de momentos en los que Él estuvo sin hacerse notar.

Esas decisiones que no sabía cómo tomar, esas fuerzas que no venían de mí, esos puentes que aparecieron justo donde no había camino 🌉.

Ahí lo encontré: en lo que no pude explicar, en lo que no dependió de mis obras, en lo que me sostuvo sin que yo lo pidiera.

Por eso ya no necesito clamar a Dios en cada paso como quien teme perderlo.

Cuando uno aprende a caminar en sincronía con Él, descubre que en Él nos movemos, vivimos y somos, y que Él está en nosotros mientras luchemos cada día por mantener la intención de Jesús en el corazón ✨.

Y entonces el prójimo deja de ser un desafío y se convierte en un espejo: el lugar donde se refleja, de manera simple y humana, el Dios que camina conmigo 🤍.

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