Tenía doce años y saltaba alrededor de un televisor blanco y negro —el miembro más importante de la casa. La final del Mundial 78 en Argentina fue espectacular a mis ojos. Los hinchas de esa época no tenían presupuesto para fuegos artificiales, así que tiraban papel higiénico y rollos de máquinas de calcular. Cualquiera que busque hoy en internet la apertura de esa final en el Estadio Monumental puede darse cuenta de la magnitud de lo que fue: de repente la pantalla se tornó blanca. No se veía otra cosa. Miles de pedacitos de papel flotando en el aire. Así recibió el campo a la Selección Argentina.
Ese estadio no me era extraño. Había estado cientos de veces en la tribuna de socios. La cancha y la tribuna de socios —“la San Martín”— eran casi mi casa de fin de semana.
El 86, con Maradona, lo viví más grande. Y Maradona no fue solo un deportista para nosotros: fue la rebeldía de quien no se deja doblegar por las circunstancias. La argentinidad asociada al deporte: creo que es imposible separar a las dos. Los argentinos sabemos remar en dulce de leche. Lamentablemente, tenemos mucha práctica. 💪
Como dijo el famoso basquetbolista americano Michael Jordan una vez: “Todos recuerdan mis títulos. Yo recuerdo las muchas derrotas sufridas”.
Tal vez sea eso. Quizás la cantidad de finales perdidas —más que las dos que habíamos obtenido hasta la llegada de la tercera, la del 78 y la del 86—, o las caídas contra Alemania, forjó algo más que una simpatía. En Qatar contra Francia fue una fiesta. Hoy, hace poco menos de un mes, finalizó el Mundial 2026 y otra vez perdimos una final: eso fue lo que terminó de sellar esta sensación por dentro.
Este año, rodeado de argentinos en Manhattan viendo la final, algo dormido se despertó en mí. Y entendí algo que no había entendido a los doce años frente al televisor: la pertenencia no se prueba en la victoria. Se prueba en la derrota.
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La lealtad que no depende del marcador
Cualquiera festeja un título. Pero uno no elige seguir gritando por un equipo después de perder cuatro finales —eso no es cálculo, es amor. Es la clase de lealtad que no depende del resultado.
Pablo le escribe a iglesias que no tenían nada para festejar. Perseguidas, pobres, divididas, siempre con algo que reprender, y aun así les dice que ahí, en medio de la tribulación, es donde se reconoce la fe verdadera. No en los tiempos fáciles.
La comunidad cristiana primitiva no se forjó alrededor de triunfos: se forjó alrededor de la cruz, que es, mirado de frente, la derrota más humillante que existe. Y sin embargo ahí —justo ahí— nació todo. ✝️
El cuerpo recuerda antes que la mente. Yo no decidí sentir eso en Manhattan; el cuerpo lo activó solo, como una liturgia incorporada aunque no la practique todos los días.
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Las pertenencias que se acumulan
En mí vive la esencia italiana, debajo de esta piel argentina, y por debajo de las dos, algo más hondo todavía, que tampoco elegí del todo y que tampoco se apaga. No soy el único. Quien emigra —o desciende de quien emigró— aprende que las pertenencias no se cambian: se acumulan.
Creo que la fe funciona en semejanza. No es solo doctrina que uno estudia y memoriza, es algo que se lleva en el cuerpo, en la memoria, en las capas que uno va acumulando sin darse cuenta.
Tras muchas derrotas espirituales y muchas… muchas noches de meditación en las palabras de Dios, despierta en mí este sentimiento compartido por muchos:
En nuestra debilidad… Él nos hace fuertes. Filipenses 4:13. 🌱
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La derrota que te revela
¿Hay alguna derrota en tu vida —no un título, una derrota— que terminó de sellar quién sos, más que cualquier triunfo?
“Pobre de mí”, reconoció Pablo mirando su realidad. Pero no se detuvo ahí. Porque la derrota no es el final del camino: es el lugar donde se revela quién sos… y también el lugar donde Cristo empieza a mostrar quién es Él.
Pablo, que conocía el hambre, la cárcel, la soledad y el peso de las iglesias rotas, pudo decir sin temblar: somos más que vencedores en Cristo Jesús. No porque ganemos todas las finales. No porque la vida nos salga siempre derecha. Sino porque en la derrota —justo ahí, donde uno siente el cuerpo recordar antes que la mente— Él se hace fuerte. 🙌
Y entonces la pertenencia cambia de escala: ya no es solo la del equipo, la del país, la de la historia familiar.
Es la pertenencia a una comunidad que se reconoce en la cruz…
y que camina hacia la resurrección.

Excelente. Como siempre.
Gracias Ale.
Excelente. Como siempre.
Gracias Ale.
No me deja publicar!!!