Hay momentos en la vida que llegan sin hacer ruido, como si Dios los dejara caer suavemente delante de nosotros para que los descubramos. Son pequeños tesoros, escondidos entre lo cotidiano, que solo se revelan cuando dejamos de mirar tan lejos y volvemos a mirar lo que está justo frente a nuestros ojos. ✨
Hace unos años, mi amigo Daniel —a quien conozco desde hace 27 años y que hoy vive en Alicante— pasó por uno de los valles más oscuros de su vida. Fue inducido a un coma por casi dos meses. Durante ese tiempo hablábamos día por medio: él desde España, yo desde Nashville. Dieciséis años de amistad sostenida más por espíritu que por cercanía física.
En medio de aquel tiempo difícil, mientras me contaba lo que vivían a diario, le dije algo que ni yo mismo entendí del todo:
“El día que tengas nietos, tu vida va a cambiar.”
No sabía por qué lo dije. No sabía qué significaba. Pero hoy, Daniel recibió a su tercer nieto: una beba hermosa. Y de pronto, aquellas palabras que salieron sin explicación encontraron su sentido.
Mirar lo inmenso… y lo íntimo
Pensando en su alegría, me vino a la mente el Salmo 8:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos… ¿qué es el hombre para que tengas de él memoria?”
El salmista mira hacia arriba, hacia lo inmenso, hacia lo que supera toda comprensión. Y ahí, en esa vastedad, descubre lo pequeño que es el ser humano… pero también lo increíblemente recordado que es por Dios.
Hoy tenemos telescopios que ven galaxias que David jamás imaginó. La tecnología nos ha afinado la vista para lo lejano, para lo que está más allá de nuestra vida, para las posibilidades futuras de la ciencia. Pero mientras más lejos aprendemos a mirar, más difícil se nos hace ver lo que Dios pone justo frente a los ojos:
una nieta recién nacida,
una voz querida al otro lado del teléfono,
un amigo que despierta después de dos meses de coma.
El alma que descansa
Por eso el mismo libro de los Salmos nos regala otro momento, mucho más pequeño, casi susurrado:
“Como un niño destetado está mi alma.” (Sal 131:2)
No hay telescopio ahí.
No hay grandeza cósmica.
Solo un alma que ha aprendido a no buscar “cosas demasiado sublimes” y a descansar como un niño en los brazos de su madre.
Tal vez esa es la vuelta completa:
El Salmo 8 nos enseña a asombrarnos ante lo inmenso.
El Salmo 131 nos enseña a volvernos, como niños, ante lo íntimo.
Daniel pasó de contemplar la incertidumbre de una enfermedad a sostener en sus brazos a su tercera nieta. Y en algún punto de ese camino, quizás sin saberlo, dejó de mirar hacia las “cosas demasiado sublimes” y volvió a ver, con ojos de niño, la maravilla que Dios ya le había puesto delante. 👶
La pregunta que queda
¿Cuándo fue la última vez que dejaste el celular de lado y miraste lo que ya tienes frente a los ojos? 📱➡️👀
¿Cuándo fue la última vez que dejaste de mirar lo lejano para descubrir lo cercano?
La vida no siempre nos regala galaxias.
Pero sí nos regala nietos, amigos, abrazos, voces, milagros silenciosos.
Y esos tesoros —los pequeños— son los que sostienen el alma.
