Cuando uno está a solas ✦

Hay una diferencia profunda entre estar solo y sentirse solo. Yo la aprendí a los golpes, en esos momentos donde uno sostiene una convicción y el ambiente entero se vuelve un silencio incómodo. Te miran como si hablaras otro idioma. A veces te lo dicen sin filtro: “sos muy extremo”, “te tomás todo demasiado en serio”. Y ahí quedás, parado, con la sensación de que el mundo avanzó en una dirección y vos te quedaste en la vereda de enfrente.

Con el tiempo entendí que eso no es extraño. Es casi la condición natural del cristiano que decide vivir su fe en serio.

Pablo lo dice sin suavizar nada: “manténganse alerta, permanezcan firmes en la fe, sean valientes y fuertes” (1 Corintios 16:13). No agrega “si se sienten acompañados”. Lo ordena sabiendo que muchas veces no lo estaremos. Pedro es todavía más directo: quienes antes corrían con nosotros ahora se sorprenden de que ya no corramos, y por eso nos insultan (1 Pedro 4:3-4). La palabra es fuerte: extraño. Nos volvimos raros para quienes antes nos entendían.

La Biblia está llena de hombres y mujeres que conocieron esa soledad y no se quebraron por eso.

Noé caminó distinto a todos sus vecinos, tan distinto que Dios marcó la diferencia: “Noé halló gracia ante los ojos de Jehová” (Génesis 6:8).

Elías, agotado, le dice a Dios que él es el único que queda fiel (1 Reyes 19:10).

Micaías se enfrenta solo a cuatrocientos profetas que le dicen al rey lo que quiere oír (1 Reyes 22:8).

Jeremías confiesa una soledad que duele: “me senté solo” (Jeremías 15:17). Y Dios no lo reprende: le promete estar con él para guardarlo (Jeremías 15:20).

Daniel elige la fidelidad aunque signifique el foso de los leones 🦁.

Pablo camina solo por Atenas y su espíritu se enardece al ver la idolatría (Hechos 17:16).

Y Jesús —el que humanamente más solo no pudo haber estado— aclara algo que cambia todo: “no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió” (Juan 8:16).

Desde afuera parecía un solitario. Por dentro, nunca lo estuvo.

Ahí está la clave: sentirse solo y estar solo no son lo mismo. Dios lo dice sin rodeos: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Esa promesa no depende de cuánta gente te acompañe. Depende de quién sos delante de Él.

La soledad duele, sí. Jeremías lo demuestra. Pero hay caminos concretos para sostenerse:

  • la oración constante (1 Tesalonicenses 5:17),
  • no dejar de congregarnos aunque cueste encontrar dónde (Hebreos 10:25),
  • recordar que en todo el mundo hay hermanos atravesando lo mismo (1 Pedro 5:9),
  • y mantener los ojos puestos en Jesús, rodeados de esa “grande nube de testigos” que ya corrió esta carrera (Hebreos 12:2).

Al final, hay dos momentos en los que cada uno está completamente solo, sin excepción:

la conversión —nadie puede obedecer el evangelio por vos—

y el juicio —cada uno recibirá según lo que haya hecho (2 Corintios 5:10).

Así que sí, el mundo va a seguir viendo al cristiano como alguien raro. Que lo vea así. Esa soledad, mirada de cerca, nunca fue soledad completa. Él y Dios constituyen mayoría. 🌿

Por eso Pablo no habla de retirada, sino de batalla: “tomad toda la armadura de Dios… y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13). No para escapar de la soledad. Para permanecer firmes dentro de ella, sabiendo que no estamos tan solos como creemos.

Estar a solas en firmeza es algo que se ejercita.

Porque muchas veces vamos a estarlo incluso rodeados de personas. ⚔️

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