es el mismo Dios que te dio vida?
El hombre busca acercarse a Dios. Otros dicen buscar paz.
Pero antes de responder qué buscamos, es necesario ajustar la pregunta:
¿El Dios que estás buscando… es el mismo Dios que te dio vida?
¿Qué es lo que uno busca en la religión?
Muchos, domingo tras domingo, se reúnen a adorar a Dios.
Pero quizá la mejor pregunta no sea qué buscás, sino para qué.
Y esa pregunta encierra otra todavía más profunda:
¿El Dios que estás buscando… es el mismo Dios que te dio vida?
Porque querer encontrar esa respuesta abre una cadena entera de preguntas que rara vez nos animamos a hacer.
El Dios que Jesús revela no es el que le complace al mundo.
Si lo fuera, no existiría un arcoíris de doctrinas: todo sería de un solo color.
Tal vez por eso parece que hay un Dios que nadie quiere mostrarte en la Escritura.
Y, si somos sinceros, a veces ni nosotros mismos queremos verlo, aun siendo creyentes.
Hay que asumirlo: es una realidad.
El Dios que se presenta en la Biblia —no el que muchos predican— no es el que arregla todo antes de que sientas el dolor.
Desde mucho antes, la Biblia muestra que los grandes creyentes se someten a la voluntad de Dios sin condiciones.
Con los años, se ha agrandado la distancia entre el Dios que es, era y será, y el Dios que nos gustaría tener en casa.
Ese Dios que buscamos —y que en ciertas organizaciones religiosas se predica vehementemente— muchas veces no es el Dios que revelan las Escrituras.
La enorme diversidad de iglesias y doctrinas suele moldear un “Dios a medida”:
- uno más ordenado para quienes buscan estructura,
- uno más abierto para quienes desean amplitud,
- uno del sábado,
- uno del domingo,
- uno que atrae multitudes con promesas fáciles,
- uno que se adapta a la sensibilidad del público.
Pero ese Dios “ajustado al gusto” no coincide con el Dios verdadero, el Dios que no negocia Su carácter para agradar a nadie.
Ese Dios moldeado por preferencias humanas promete comodidad.
El Dios de la Biblia promete compañía en el fuego.
El Dios real es el que camina con vos dentro del fuego, en vez de sacarte de él primero.
En muchas religiones, la gente ora para calmar la ira de los dioses.
Piden fortuna.
Piden favor.
Piden protección, como quien negocia con un poder que debe mantenerse de buen humor.
A mí también me mostraron la parte hermosa de la fe: cree y vencerás.
Canciones de triunfo, promesas repetidas en cada iglesia donde puse un pie.
Pero nadie me dijo que el desierto viene primero.
Dios dijo en Su Palabra que Él es nuestro refugio y fortaleza en tiempos de angustia (Salmos 46:1).
Pero esa promesa no borra la angustia: la atraviesa con nosotros.
El cristiano no está exento del desierto.
Está llamado a cruzarlo, a soportar toda clase de pruebas antes de llegar a la victoria.
La cruz es el ejemplo definitivo: no hubo atajo, no hubo negociación, no hubo un dios calmado justo a tiempo.
Hubo un Getsemaní primero.
Hace años, en un programa de televisión, un músico dijo una frase que nunca pude olvidar:
“El éxito llega después de los golpes.”
Y aclaró algo que se me quedó grabado: el punto no era solo resistir el golpe.
El punto era que un poco más adelante, después de la adversidad, ahí estaba el éxito.
No en el golpe.
Un poco más allá.
Hay riesgo en todo lo que hacemos.
Él dijo eso también, y tenía razón.
No hay adversidad sin haber caminado por fe primero, y no hay fe verdadera sin un desierto en el medio.
Jesús está orando por mí ahora mismo, desde el lugar santo, sin cesar (Hebreos 7:25).
Y aun así, el desierto permanece.
Antes pedía que la oración cambiara el clima de inmediato, como quien intenta calmar a un dios enojado.
Pero Su oración no está atada a mi urgencia.
Está atada a la voluntad del Padre.
Jesús mismo lo dijo: “Tu voluntad, y no la mía” (Mateo 26:39).
Por eso el éxito llega después de la adversidad, y no antes.
Después de Getsemaní viene la resurrección.
Después de la cruz viene el trono.
Después de mi desierto, si tengo templanza y fuerza, algo viene también.
Pero no antes.
Ya no pido que el desierto termine hoy.
Pido caminar por fe hasta cruzarlo.
Jesús dijo que estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mateo 28:20).
El éxito, si es real, siempre está un poco más adelante — sostenido por la resiliencia y la fortaleza que Dios pone en mí.
