Ubicados por Dios

Posiblemente seas un creyente como muchos de nosotros, con las mismas ganas de ser parte del Reino de manera activa. Deseas ayudar y no encuentras cómo, o lo que haces no parece tener éxito desde una perspectiva humana. Te angustias porque tu deseo es sincero, pero no ves resultados. Quieres servir, quieres avanzar, y sin embargo todo parece estar detenido, como si el tiempo hubiera dejado de moverse para ti.

Habíamos dejado Argentina, nuestra tierra natal, a finales de 1999, buscando un cambio de vida, no solo económico sino de dirección. Yo, siendo el guía de mi familia, no podía comprender por qué habíamos tenido tantas dificultades una detrás de la otra. Estábamos viviendo de angustia en angustia, haciendo aparentemente lo mejor que podíamos.

Así comenzó nuestra vida de inmigrantes y para el año 2006 formábamos parte de un grupo cristiano, pero el cambio que habíamos imaginado resultó ser muy diferente de lo que Dios tenía preparado para nosotros.

Como ocurre con tantas cosas cuya explicación solo entendemos años después, los acontecimientos comenzaron a desarrollarse de maneras inesperadas.

La familia Martínez, que había llegado a Estados Unidos poco después de nosotros y había sido la piedra fundamental del grupo, ellos decidieron establecerse en España. Sin ellos en poco tiempo, el grupo perdió consistencia y comenzó a debilitarse; era de esperarse. Daniel Martínez enseñaba la Biblia y yo, sin darme cuenta, había comenzado a ser su ayudante.

Había intentado durante años cambiar ciertas actitudes y había fracasado una y otra vez. Sin embargo, Dios estaba realizando en mí una obra silenciosa, produciendo cambios de adentro hacia afuera. Comencé a desarrollar un optimismo contagioso que me convirtió, casi sin darme cuenta, en el ayudante que Daniel necesitaba. Nunca pensé en ser más que eso: un creyente con voluntad de ayudar. Así veía yo mi llamado.

Sin Daniel, terminé encontrando en un desconocido el camino que me trajo hasta donde estoy hoy.

En ese mismo período conocí la obra de un hermano en Cristo llamado Francisco, un completo desconocido para mí. Él y su familia, junto con otras familias creyentes, se esforzaban por establecer una congregación en un pueblo vecino, un pueblo que nunca había visitado. Alquilaban un edificio por algunas horas semanales para reunirse y adorar a Dios.

Mientras conversábamos acerca de las necesidades de la obra, se produjo un silencio. Francisco me miró a los ojos y me dijo: “Necesito un ministro de alabanza”.

Su petición me sorprendió. Yo había expresado mi deseo de ayudar, pero nunca imaginé algo así. “Nunca he hecho algo parecido”, le respondí.

Sin embargo, aquella conversación cambió el rumbo de mi servicio cristiano. Esa misma noche pasé de conocer himnos en inglés a dirigir la alabanza en español, y todo ocurrió en una sola reunión. Para él ya era un hecho que yo era el nuevo líder de su grupo. Él no tenía dudas… yo sí.

Regresé a casa con la mente llena de preguntas. Trataba de comprender cómo había llegado hasta ese punto. Pero, sin saberlo, estaba comenzando una nueva etapa para nuestra familia, tanto en el ministerio como en la vida cotidiana.

En aquel tiempo aprendimos una lección importante. Cuando decidimos comprometernos con el cambio que buscábamos, también decidimos permitir que Dios nos guiara. No le pusimos límites. No diseñamos un marco dentro del cual Él debía actuar. Simplemente nos pusimos en Sus manos. Estábamos convencidos del poder de Dios y no del nuestro.

La Escritura dice: “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.” 1 Corintios 12:18

Muchas veces oramos pidiendo que Dios transforme nuestra vida, pero imaginamos de antemano cómo debería hacerlo. Esperamos ciertos caminos, determinadas oportunidades o tareas que se ajusten a nuestras capacidades conocidas. Sin embargo, Dios no siempre trabaja dentro de nuestros planes.

Nosotros buscábamos un cambio. Dios nos dio una ubicación.

Buscábamos crecimiento. Dios nos dio una responsabilidad.

Pensábamos que conocíamos la dirección. Dios nos mostró otra.

Con el paso del tiempo comprendimos que el Señor había estado acomodando circunstancias, personas y oportunidades para colocarnos exactamente donde nos necesitaba. Lo que parecía una serie de acontecimientos aislados era en realidad la mano de Dios guiándonos.

Descubrimos que nada está librado a la suerte. Todo encaja en el plan de Dios si crees y cruzas las puertas que Él abre.

El cuerpo de Cristo funciona porque cada creyente está dispuesto a ocupar el lugar que Dios le asigna. No siempre será el lugar que habíamos imaginado. No siempre coincidirá con nuestras habilidades más evidentes. Pero siempre será un lugar donde el Señor puede usarnos para Su gloria.

Escribí esta memoria porque diariamente me escriben contándome diversas adversidades. Piedras siempre va a haber en el camino, Dios usará todo elemento para que nosotros lleguemos a Su propósito, una adversidad puede ser un motivo.

Quizás hoy Dios esté haciendo lo mismo contigo. Tal vez no te esté mostrando todo el camino. Tal vez solo te esté señalando una necesidad delante de ti. Cuando eso ocurra, recuerda que el Señor sabe dónde colocar cada miembro de Su cuerpo.

Nuestra responsabilidad no es escoger el lugar, la manera o la forma de servir el reino de los cielos.

Nuestra responsabilidad es estar simplemente disponibles.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio