🌾 Primero hay que saber sufrir.

Dos caminos se cruzan. Uno promete fuerza, empuje y victoria. Ese camino dice: no te des por vencido ni aun vencido. Es el camino que cualquiera puede tomar, porque se sostiene en la voluntad humana, en la idea de que todo depende de apretar los dientes y seguir.

Pero hay otro camino, uno que Dios reserva para los que Él quiere formar. Ese camino no está hecho solo de triunfos: está tejido con derrotas que no preguntan, que llegan cuando menos convienen, que duelen. Y sin embargo —misterio extraño— lo que antes era tragedia, con el tiempo se vuelve celebración. Como si Dios hubiera escondido un propósito en cada caída. ✨

Yo crecí en la Argentina de la pasión al fútbol ⚽, leyendo titulares que eran como golpes secos: Derrota Argentina. Sin adorno, sin consuelo, era normal para mí leer esas noticias como tragedias.

Era una herida que se abría nuevamente. Y detrás de esa herida venían discusiones inútiles, peleas que no construían nada. Vivíamos el segundo puesto como si fuera una tumba, la derrota absoluta, el haber hecho todo mal. Como si no llegar primero fuera no haber llegado a nada.

Hace poco unos colombianos dijeron algo que nunca había podido nombrar: que los argentinos aprenden la derrota desde chiquitos. Que por eso siguen. Que por eso insisten. Ellos lo dijeron sin la carga que yo le pongo, y por eso pude verlo con mejor claridad.

Me dieron el puente hacia el pasaje que siempre tuve en la cabeza: el que pone la mano en el arado y mira para atrás no es digno del reino de Dios. 🚜

Ahí entendí algo que llevaba años sin poder decir: la derrota curtida no fue debilidad.

Fue la escuela que nos enseñó a no mirar atrás.

Cuatro finales perdidas. 1930. 1990. 2014. 2026.

Cuatro veces el arado se torció.

Cuatro veces hubo que seguir para adelante sin saber cómo.

Tal vez —pienso ahora— fue necesario perder así, tantas veces, para llegar al punto que siempre debimos tener: que la victoria no es el marcador.

La victoria siempre fue “participar con fidelidad”.

Hebreos dice que la fe es la certeza de lo que se espera. No la certeza del resultado. La certeza de que vale la pena seguir arando aunque el surco de atrás haya salido torcido.

Primero hay que saber sufrir para que después se pueda festejar de verdad. 🎉

Y mientras escribo esto, pienso en la foto: alguien caminando, sin mirar atrás, con lo justo en la espalda. Pero lleno de esperanza. Siempre para adelante.

Se aprende de cada derrota.

Lo mismo en la fe: caminar con fe no te garantiza un camino de rosas; te garantiza que nunca vas a permanecer en el suelo después de una caída. 🌱

Ese es el camino.

Ese es el arado.

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